Héctor D’amico, actual Secretario General de Redacción de La Nación, participó de un intercambio anual de AFS en los EE.UU. durante su adolescencia.
Puedo precisar en el espacio y en el tiempo mi experiencia como estudiante de AFS ( Paso Robles, California, 1967/68), pero describir cómo influyó ese año de cien maneras en el resto de mi vida es una tarea más compleja. Igual lo intentaré. Mudarse de país, de hemisferio, de idioma, de cultura, de amigos, de escuela y de familia a los 17 años es un acontecimiento tan formidable que no conozco a nadie que haya pasado por algo así y continúe siendo el de antes. A la excitación inicial del aterrizaje en una sociedad que nos acepta como huéspedes de largo plazo le sigue, casi siempre, un proceso profundo, íntimo, duradero y acumulativo: el de las experiencias comparadas. El día a día en esa nueva geografía nos enseña no sólo que hay otras formas de comprender al prójimo y el mundo que nos rodea sino también, y esto es lo más sorprendente, a nosotros mismos. Cuando uno tiene la suerte de ser acogido por una familia en donde el afecto, la comprensión y la inteligencia conviven apaciblemente, como en mi caso, la condición de estudiante extranjero se acerca bastante a un estado de felicidad plena. Ha pasado mucho tiempo desde que conviví en el hogar de Wilburn y Margueritte Woods, en California, pero el afecto por ellos y por su numerosa familia sigue intacto. Ya casado y con un hijo, compartí fines de semana, salidas al teatro y pasé vacaciones con ellos, primero en la costa del Pacífico, más tarde en Nueva York, donde me había radicado y en donde les serví como improvisado guía de turismo. También hubo encuentros y viajes compartidos con sus hijos y con los hijos de sus hijos. Brian Woods, nieto de aquel matrimonio que me recibió como estudiante de AFS, siendo estudiante de último año de ingeniería, se hospedó años más tarde en mi casa de Buenos Aires mientras hacía un training de tres meses colaborando con un equipo de diseño que levantaba un rascacielos en el centro de la ciudad. La mañana del 11 de septiembe de 2001 nos sorprendió allí, en esa torre en construcción, mirando como la CNN nos mostraba una y otra vez la caída de las torres del Word Trade Center. El azar quiso que yo pase ahora muchas horas al día en ese edificio porque allí se edita el diario para el cual trabajo. Recuerdo que un fin de semana mi hijo Lorenzo decidió acompañar a Brian a conocer las Cataratas del Iguazú. Los acompañé hasta el avión. Los dos tenían casi la misma edad. Al despedirlos, fue imposible no verme a mi mismo a finales de la década del sesenta, junto al padre de Brian, nacidos los dos en enero del mismo año, viajando juntos cada mañana al mismo colegio en California. Comprendí entonces que la experiencia de AFS puede ser maravillosamente circular y abrazar a varias generaciones.
Héctor D’amico

